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Cambio y Transformación: ¿por qué no son lo mismo?

De mal en peor – El Mercurio

Juan Carlos Eichholz
Columna para el Mercurio

“Lo vamos a dar vuelta en dos meses”. No ocurrió. De hecho, la estrategia del partido de José Antonio Kast fracasó en todas sus líneas: no se aprobó la nueva Constitución promovida por los republicanos, su líder perdió fuerza en la carrera presidencial, y el partido terminó dividiéndose. Pero se hizo “lo correcto”, dijeron sus dirigentes, y “hay que sentirse orgullosos por eso”. ¿Qué es lo correcto? ¿Aferrarse a los principios propios? Eso es válido para un activista, para un movimiento principista, pero no para un partido político. Porque si cada partido decide apegarse a rajatabla a sus principios, entonces no existe acuerdo posible. Si cada uno se declara dueño de la verdad, entonces para qué dialogar. Bajo ese supuesto, lo que corresponde es tratar de ganar e imponerse, no de escuchar y acercar posiciones.

Pero este no es el fracaso del Partido Republicano solamente;  es el fracaso de todo el sistema político. Y no solo durante los últimos cuatro años, sino que desde comienzos de la década pasada. A partir de entonces, y particularmente desde el cambio del sistema electoral en 2015, tenemos un conjunto cada vez más grande y fragmentado de partidos que son incapaces de alcanzar acuerdos relevantes que atiendan las necesidades de la ciudadanía. Viene ocurriendo en pensiones, en salud, en seguridad pública, en el litio… y ahora en el contrato social por esencia, la Constitución. Muchos tienden a asimilar los acuerdos políticos con “la cocina”, restándole valor al diálogo y justificando así su forma ideológica de actuar, pero es un grave error pensar que la ciudadanía no valora los acuerdos entre los políticos. Sin acuerdos no hay progreso, y sin progreso hay estancamiento y frustración de expectativas, lo contrario de lo que cualquier votante busca.

¿Podemos tener alguna esperanza para lo que viene? No lo creo, y ya esta semana hemos sido testigos de que esta Guerra Fría de la que habló Fernando Atria en estas páginas,continuará. Y es que lo que vivimos es peor que tener dos grandes bloques que se neutralizan uno a otro. De hecho, esos dos bloques existieron en los años ’90 en la política chilena, pero igualmente hubo acuerdos. De la misma manera que los hubo en la Comisión Experta, dividida casi por mitades. Lo que ocurre en escenarios como estos es que ambas fuerzas terminan asumiendo responsabilidad en avanzar, pese a sus diferencias, y alcanzan acuerdos. Por el contrario, cuando existen más de 20 partidos representados en el Congreso, muchos pueden boicotear sin pagar costos, lo que genera una fuerza centrífuga en lugar de centrípeta. Es lo que estamos viendo hoy, en una sociedad, además, donde demasiadas personas sienten que representan una identidad única y digna de atención y derechos propios.

Si veníamos mal, ahora estamos peor, porque perdimos la gran y casi única oportunidad de reformar el sistema político, limitando la fragmentación y favoreciendo los acuerdos. ¿Que ahora esa reforma la harán los partidos en el Congreso porque solo necesitan un quórum de 4/7? No va a pasar. Si en reformas importantes para la ciudadanía que solo requieren mayoría los partidos no han sido capaces de ponerse de acuerdo, ¿por qué lo van a hacer para esta que puede hacer desaparecer a muchos de ellos? Y ni qué decir que el próximo año comenzamos de nuevo el ciclo electoral.

Más aun, desde el año 2020 se venía produciendo un fenómeno alentador: la confianza enlas redes sociales disminuía y la confianza en las instituciones volvía a crecer después de años a la baja y de haber tocado fondo con el estallido social, incluida la confianza en el Gobierno y en las empresas privadas, que entre 2019 y 2023 habían pasado de 5 a 18% y de 7 a 22%, respectivamente, según la encuesta CEP. ¿Qué se puede esperar para la próxima medición? Un lamentable quiebre en la tendencia, lo más probable, de la mano de niveles record de descontento social.

Es importante tomar conciencia de que, lenta e imperceptiblemente, nos estamos yendo cuesta abajo como país. Es lo que Javier Milei da cuenta que ocurrió en Argentina durante tantas décadas, hasta llegar a caer al fondo de un precipicio del que es muy difícil salir.Visto así, todo indica que Latinoamérica –y Chile es parte de ella– está destinada al fracaso, no por sus riquezas naturales desde luego, sino por su cultura política, que tiende a ser el reflejo de su cultura social.