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Democracia y el rol de las organizaciones como laboratorios de participación

Daniela Chaves
Consultora de Investigación y Desarrollo en CLA Consulting

Este año el mundo será testigo de un hito histórico en materia electoral. Conocido como el año de las «súper elecciones», más de 70 países alrededor del globo llevarán a cabo procesos electorales nacionales. Según The Economist (2023), se espera que cerca de 2.000 millones de personas ejerzan su ciudadanía acudiendo a las urnas para elegir a sus líderes, destacando países densamente poblados como India y Estados Unidos, los que tienen un gran desafío por delante.

En el contexto post-pandemia, el índice de Democracia Global para el 2022 reveló una tendencia preocupante. Con un puntaje promedio global de 5,29 de 10 -apenas un incremento marginal respecto al año anterior (5,28)- se reflejó un estancamiento inesperado para muchos expertos. Se proyectaba que tras la pandemia, más naciones encontrarían estabilidad democrática, pero la realidad muestra lo contrario (Statista, 2023). Incluso, un 37% de la población mundial vive bajo regímenes autoritarios, lo que resulta ser una cifra completamente alarmante.

Pero no sólo el mundo electoral enfrenta un complicado escenario. Las organizaciones, por su parte, tendrán que adaptarse a un entorno cambiante y lleno de incertidumbre generado por las elecciones. La temporada electoral suele impactar en la rentabilidad, las operaciones y el desempeño de las personas, especialmente en un contexto poco predecible y caracterizado por la fragilidad democrática y la prominencia de populismos e ideales supremacistas que parecen ocupar lugares importantes en la carrera electoral de nuestra región.

Frente a esta realidad, las organizaciones pueden optar por ser instituciones pasivas, no obstante, también tienen la oportunidad de cambiar la perspectiva y convertirse en agentes de cambio activos y relevantes para la construcción y el fortalecimiento de la democracia. De hecho, sorprendentemente, el nivel de democracia que experimenta el ciudadano promedio en el mundo en 2022 es comparable a los niveles observados en 1986. Esto significa que más de 35 años de avances democráticos se han visto eclipsados en la última década. Se estima que el número de personas que viven en una democracia ha descendido recientemente de 3.900 millones en 2016 a 2.300 millones (aproximadamente el 29% de la población mundial) en 2022. En la actualidad, se calcula que cerca del 71% de la población mundial vive bajo un régimen autocrático. Europa del Este y Asia Central, así como América Latina y el Caribe, han regresado a los niveles de finales de la Guerra Fría. Este panorama plantea interrogantes cruciales sobre el estado actual y el futuro de la democracia a nivel mundial (V-DEM, 2023).

Sin embargo y a pesar de las desoladoras cifras, la democracia es mucho más que eso y no se limita a un sistema político, sino que también implica un conjunto de habilidades que se practican y aprenden en la vida cotidiana. Las organizaciones tienen una tremenda oportunidad para convertirse en agentes de construcción de ciudadanía, actuando como laboratorios de práctica y modelos democráticos. Desde la construcción de un propósito trascendente, que va más allá del beneficio propio, hasta la construcción de un talento que fortalece habilidades esenciales para el ejercicio democrático, las organizaciones pueden inspirar comportamientos democráticos en las personas y los equipos a través de sus principios, así como consolidar estructuras organizacionales que se arriesgan a trascender las jerarquías rígidas y donde se puedan cruzar las fronteras internas de la organización. Al consolidar prácticas cotidianas democráticas, las organizaciones pueden ser espacios donde se aprende a vivir en democracia y se disfruta de sus grandes beneficios para el progreso.

Si en nuestras organizaciones promovemos los diálogos movilizadores, le vemos valor a todas las perspectivas y las consideramos esenciales para el progreso, si generamos espacios donde las personas se atrevan a decir lo que piensan y sean escuchadas, donde se impulse a las personas a trabajar de manera colaborativa por un mismo objetivo, si estimulamos a que los colaboradores se animen a tener opinión propia y a tomar decisiones, brindándoles autonomía y libertad para hacerlo, y damos valor a la diversidad, estaremos defendiendo y promoviendo todos los días la democracia.

Es momento de comenzar a trabajar de manera activa y consciente en la construcción de un mundo más democrático todos los días y desde nuestras organizaciones.