EN | ES

Jensen Hung: el hombre detrás de Nvidia – Diario Financiero

Solidaridad: ¿sinónimo de generosidad?

Consultora asociada de Adapsys

Confieso que tengo un problema. Cuando leo o escucho que hay que cambiar ciertos sistemas desde la “solidaridad”, me frustro. ¿Por qué? Porque estoy convencida de que perdemos una oportunidad para hacer cambios desde un lugar muchísimo más efectivo. El concepto de solidaridad está -popularmente- mal entendido. Este punto de vista reduccionista, basado en el paternalismo -donde yo tengo que ayudar al otro casi que por caridad- es una forma desafortunada de entender y plantear el problema. Y esto tiene graves consecuencias, ya que imposibilita la construcción de una mirada más colectiva, más global, donde un cambio implicaría enfrentar el problema desde un punto de vista más sistémico. 

Alguien podría pensar que esta es una discusión teórica y sin sentido, porque a la larga -si hay un cambio, ya sea por solidaridad social o por un entendimiento colectivo-, los efectos serían los mismos: tendríamos, en principio, sistemas más equitativos y accesibles. Pero lo que planteo va mucho más allá. Habla de qué nos moviliza, por qué lo hacemos, con qué sentido.

Apoyo, fraternidad, compañerismo y ayuda son algunos de los sinónimos que nos entrega la RAE de la palabra solidaridad y -aunque eso es algo bueno- empezar a mirarnos como un todo, como un colectivo, sería mucho mejor. Cuando entendemos que somos un sistema, comprendemos que cuando al otro “le va mal” o está en una situación de desventaja, a mí también me afecta y perjudica. (¿Sabían que si uno va a la raíz de la palabra solidaridad, a la etimología, esta proviene del latín “soliditas”, que expresa la realidad homogénea de algo físicamente entero, unido, compacto, cuyas partes integrantes son de igual naturaleza? ¿Interesante, no? Parece que la “deformación” del sentido de la palabra vino después…)

Muchos pueden ser los ejemplos que demuestran cuando el concepto se aplica erróneamente. Uno de ellos es la Teletón, o algunos de los cambios que surgen del famoso estallido social en Chile del 2019, donde se buscan cambios  por mayor “solidaridad”. Pero no, no es eso. Lo que pide el país -a gritos- es un cambio cultural que implica un salto y una transformación en la mentalidad, pasando de lo individual a lo colectivo. Y eso no tiene que ver con el partido político que esté gobernando.  Tiene que ver con la forma de acercarse al problema.

Hace unos años me tocó vivir en Inglaterra y, preparándome para el examen de manejo -que tuvo como uno de sus desafíos manejar con el manubrio del lado derecho-, me llamó la atención una regla de tránsito: cuando uno está manejando un auto y hay un bus señalizando que va a entrar a tu carril, se debe dar prioridad al bus y -si es seguro- se le tiene que dar el paso, bajando la velocidad para que el bus entre. El argumento, explicado en los cursos, es que se le da prioridad al autobús porque lleva a más personas. Es decir, se prioriza al colectivo.

Como lo explicó Alexandra Montenegro en su reciente columna de opinión, “la transformación es algo bastante más profundo (que el cambio) y complejo de lograr. Transformarnos, seamos organización o persona, requiere migrar de un estado a otro en conductas, hábitos, percepciones y entendimientos. Es de alguna manera ´pegarse un salto evolutivo` que nos lleva a percibir y enfrentar la realidad de manera distinta, con un esfuerzo consciente al comienzo, pero que con el tiempo llega a ser transparente, cómodo y consistente”.

Mirarnos como individuos que conforman un colectivo, un sistema unido entre todas sus partes, es la única manera de lograr transformaciones que generen progreso, al priorizar las necesidades de los otros mientras dejamos de lado nuestro individualismo. ¿Es tarea fácil? Para nada, muy compleja de hecho, pero es la única forma de avanzar.